Dadme un punto de apoyo… ¿y moveré el mundo?

Autor: Joan Torró.

Artículo publicado en la revista Logon.


Cuenta la leyenda que el gran Arquímedes de Siracusa, ilustre científico del mundo griego antiguo, arrastrado por su habitual y desmedido entusiasmo, habría exclamado: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.
También cuenta la leyenda que al resolver otro problema que le ocupaba mientras se encontraba sumergido en su bañera, sintió tan auténtico placer intelectual en un momento de inspiración, desatándosele tal emoción, que salió corriendo desnudo por las calles de Siracusa gritando: “¡Eureka!”. Es lo que hoy llamamos el “Principio de Arquímedes”. Pero dejemos este problema para otra ocasión y centrémonos en la expresión: “Dadme un punto de apoyo…”
Matemáticamente, esta afirmación explicaría la “ley de la palanca”, según la cual cualquier peso (o fuerza) es equilibrado mediante una fuerza inferior siempre que utilicemos una palanca con un brazo superior en el lado donde se aplica la fuerza inferior.
Es decir, una pequeña fuerza aplicada a un brazo muy largo de una palanca puede equilibrar, e incluso superar, una gran fuerza que actúa sobre el otro brazo muy corto. Pero para ello se necesita un punto de apoyo que divida la palanca en dos brazos, el largo y el corto.
Expuestos estos principios, lo que nos interesa, no obstante, en el ámbito de este artículo, es estimular la reflexión ante estos postulados cuando la aplicamos a cualquier circunstancia “cotidiana”, o como decía Arquímedes, “del mundo”. ¿Podemos levantar las situaciones a las que nos enfrentamos día a día, tomadas como “resistencias”, siempre que tengamos un punto de apoyo? ¿Podemos movernos nosotros por el mundo siempre que tengamos puntos de apoyo? ¿Y cuál es nuestro
punto de apoyo? La respuesta que damos a lo que nos sucede tiene su origen en la voluntad. Si dejamos de aplicar la voluntad, la palanca se vence al perder su punto de apoyo.
De aquí la importancia de la distancia. Hay que saber el momento preciso para aplicar la fuerza justa, la acción justa. Un paso más o un paso menos y el resultado puede cambiar por completo.
Por tanto, concluimos que la resistencia a vencer son los problemas cotidianos. La fuerza a aplicar: las acciones que realizamos para solucionarlos. La distancia: necesaria para ver todo con claridad. El punto de apoyo de nuestra palanca interna: la voluntad.
Tenemos que estar muy atentos a nuestros hábitos mentales, puesto que cuando buscamos puntos de apoyo, cuando buscamos ideas sólidas sobre las que poder construir y avanzar en nuestra vida, ideas en las que poder apoyarnos y a las que volvemos una y otra vez, suele ocurrir que cuando nuevos conocimientos o creencias nos hacen tambalear, los conocimientos y creencias de siempre, en vez de hacernos avanzar, nos dejan bloqueados y parados en nuestro mundo ilusorio.
En el mundo de la ideación uno está cambiando continuamente, y por eso avanzamos. “Abandona la verdad de hoy por la verdad de mañana”.
Dejaremos para la reflexión si existen o no, si son necesarios o no, los puntos de apoyo en el mundo de las emociones, de los sentimientos, de los deseos. ¿Es necesaria la estabilidad emocional para poder avanzar en la vida?
También constatamos que este principio universal físico -la ley de la palanca- , que podemos aplicar a cualquier situación cotidiana en el mundo de las causas o de las sombras, plantea muchas dudas cuando se trata de entrar, desarrollarse y vivir en el mundo de la luz, de los fenómenos, de lo espiritual que está más allá del mundo de las ideas.
Nuestra inercia está basada en la repetición. Intentamos explicar la Vida en el universo de la Luz a partir de experiencias obtenidas en la naturaleza diaria.
Esta vivencia nos es muy válida y nos acerca a la Verdad.
Pero sabemos que, “cuando tomamos el vestido de la Torá por la Torá misma”, nos equivocamos.
Por tanto, ¿qué punto de apoyo podríamos tener para avanzar en una Vida, en la que no existe nada sólido? ¿Qué tipo de palanca necesitamos para mover nuestro mundo espiritual?
La primera diferencia es que el primer empuje no proviene de una motivación externa, sino que se produce desde dentro.
¿Cómo comprender lo incomprensible?
Todo esto nos lleva a recordar otro ejemplo.
Se trata de la brújula. Esta nos marca el norte en nuestro viaje hacia el polo norte geográfico.
Nuestro punto de apoyo es la brújula. Pero sabemos que ella nos marca el norte magnético y que este no es el norte geográfico, aunque en estos momentos se acerca.
La brújula nos acerca, pero no nos llevará nunca a nuestro destino.
Es más, cuando estamos lejos, nos acerca. Pero cuando estamos cerca, nos aleja, nos desvía.
Y nos equivocamos una y otra vez, hasta que descubrimos algo que nos había pasado desapercibido. Estando ya muy cerca de nuestro objetivo, descubrimos que lo único que no se mueve es el sol. Colocados de pie ante el polo norte geográfico, la Tierra no se moverá debajo de nuestros pies, aunque siga rotando y, por tanto, el sol será una estrella inmóvil más en el firmamento. Y, al igual que durante la noche del hemisferio norte, la estrella polar sí que nos indicará el norte geográfico, durante el día, el sol inmóvil nos indicará que hemos llegado a nuestro destino.
Llegados a este punto, reconocemos numerosos escritos que se refieren al mundo espiritual y que nos indican: para llegar al mundo del Espíritu sigue la pista de aquello que hay “inmóvil” en ti, aquello que pertenece al mundo del Espíritu.
Es nuestro punto de apoyo inmaterial para poder desplazarnos en el mundo incorpóreo.
Así, cedemos el punto de apoyo que teníamos, nuestra voluntad, a una nueva Voluntad, la Voluntad Divina.
“Que se haga Tu Voluntad y no la mía”.