Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen . “Ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos”

Autor: Joan Torró. 

Artículo publicado en la revista Logon.

Esta conocida cita del Evangelio de Lucas, capítulo 12, versículos 22 a 34, nos coloca directamente ante un estado de consciencia de entrega total. Lo contrario de quienes concentran su atención en el ego y luchan por una supervivencia duradera más allá de las leyes de la vida, sin entender que somos parte de un Todo en el que estamos inmersos. Esta ilusión de supervivencia se evapora cuando leemos en la misma cita de Lucas: “¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, puede añadir una hora a su existencia?”

Si observamos la evolución de los seres vivos sobre la Tierra, tal como lo explica la ciencia actual, vemos que la aparición de los vegetales fue anterior a la aparición de los animales. También la ciencia esotérica coincide con esta hipótesis. El mundo vegetal se desarrolló en un estado de consciencia etérico. Su alimento procedía del sol y nunca faltaba. Cada día el astro padre del sistema solar entrega gratuitamente su luz y calor, su energía vital, a todos los seres vivos; con ella los vegetales crecen y se desarrollan, sin preocuparse por lo que van a comer ni con qué se van a vestir. No existe la consciencia del ego en ese mundo. Los individuos vegetales se encuentran unidos unos a otros a través de sus raíces, se comunican entre ellos y forman una unidad. No hay preocupación.

Podríamos decir que el Sol entrega su “amor incondicional” a todas las criaturas, sin excluir a nada ni a nadie. Y el reino vegetal recoge ese amor y lo devuelve en forma de alimento y de belleza; también de manera incondicional a todas las criaturas de su entorno.

En un paso posterior del proceso evolutivo, seguramente en el período lunar, la consciencia de los seres vivos empezó a concentrarse en la individualidad, dirigiéndose hacia uno mismo y empezando una separación del entorno, necesaria para la consecución de la consciencia del ego.

La lucha por la supervivencia se desarrolló paralelamente a la consciencia de la individualidad y al miedo a la desaparición.

En un primer momento, la lucha competitiva se producía entre individuos de especies diferentes: “Mi especie sobrevive, aunque yo muera, pero a costa de tu especie, que es diferente a la mía”. Pero llegó un momento en que la competencia se produjo dentro de la misma especie y los individuos lucharon unos contra otros: “Yo necesito que tú mueras para que yo pueda vivir”.

Quizás se ha exagerado la explicación para facilitar la comprensión de la idea que queremos transmitir. Así pues, llegamos al período de la Tierra, donde se da la máxima concentración de la materia: densidad, cristalización.  El ser humano se desarrolla en estas condiciones de individualidad máxima, con una consciencia del ego aumentada y un olvido, cada vez más acusado, del hecho de que, en realidad, somos todos hermanos e hijos del mismo Sol, padre del Universo.

¿Qué pasaría si nuestra consciencia fuera una consciencia etérica, semejante a la de los vegetales, pero después de haber recorrido el camino de la consciencia del ego, es decir, sabiendo ahora quiénes somos, y entregando nuestro “amor incondicional” al desarrollo de todas las criaturas, hijos e hijas del Universo, con las cuales estamos unidos por unas sutiles raíces?

El estado de entrega absoluta, de amor incondicional hacia Todo y todos, supone un estado de consciencia en el que no tienen cabida los juicios hacia los demás. Ya no soy “yo y los demás”, sino “todo en mí” o “yo con todos, en Todo”.

La lucha por la supervivencia se vuelve absurda cuando supone ir en contra de la Naturaleza; entonces prevalece la salvación del Mundo y de la Humanidad, como parte de la Divinidad.

“Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura. Proveeros de un tesoro inagotable en los cielos, donde no hay ladrón que se acerque ni polilla que corroa. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.